Pensar que la ciencia está separada del humanismo es una separación defectuosa e innecesaria. ¿Acaso la ciencia no está forjada por seres humanos? Por seres humanos con lógica y matemática, pero también con incongruencias, incoherencias, pasiones, valores, sentimientos y creatividad. Creo que mirar y concebir la ciencia como una actividad humana holística la llena de propósito fructífero para la humanidad y le da una razón de ser. No podemos separar la ciencia de las pasiones ni de la creatividad, porque son ellas las que le dan la “chispa” para que la ciencia sea más majestuosa, ambiciosa, importante e impactante.
La ciencia tiene un propósito tácito: el bienestar y el bien común de la sociedad. Por ello, no debe estar supeditada exclusivamente al sector empresarial ni al lucro económico. Sin embargo, también considero que las empresas y el sector comercial tienen derecho a explotar sus descubrimientos e invenciones de una manera justa y acorde con la realidad, sin precios exagerados, ya que también realizaron una inversión de tiempo y dinero para crear sus productos e invenciones. Pero las empresas deben ser éticas, prudentes, tener valores y ofrecer precios justos para que todos los públicos puedan acceder a productos y servicios que mejoren sus vidas. Creo que debe existir un equilibrio entre el beneficio económico de las empresas y el bienestar que la inversión en ciencia puede brindar a la comunidad.
Lo que más me llamó la atención de la sesión fue el tema de la dignidad humana. Es cierto que el ser humano no vale por tener un buen trabajo, mucho dinero, títulos universitarios, posesiones, fama, belleza o estatus. El valor y la dignidad del ser humano son intrínsecos a su existencia. El ser humano vale por sus valores, sus cualidades, sus buenos sentimientos, por ser honesto y respetuoso. Otro aspecto importante de la sesión es que la ciencia y el humanismo no son rivales, dicotómicos ni antagonistas; por el contrario, son complementarios, ya que el humanismo le da un propósito y una razón de ser a la ciencia, es decir, le otorga un “para qué” a la lógica, a la tecnología y al conocimiento.
Usar la tecnología de una manera ética es vital para el desarrollo personal y social, ya que el ser humano, en su libertad, puede usar las herramientas tecnológicas para el bien o para el mal. Por eso es importante la educación ética, en valores y en moralidad, para el buen uso y aprovechamiento de las tecnologías de la información y la comunicación. Hasta el momento, las máquinas no pueden sentir empatía como los seres humanos, y su creatividad no es equivalente a la creatividad humana. Inculcar y fomentar la empatía y los valores en las diferentes instituciones de la sociedad, como la familia, la escuela, la iglesia y las universidades, debe ser un fundamento para los formadores y padres de familia, con el fin de promover un uso lícito, responsable y eficiente de las TIC.
El tema de la sesión es un asunto álgido que pone en debate muchas perspectivas. Algunos dirán: ¿qué hay de malo en mejorar si tenemos las opciones tecnológicas y biotecnológicas para hacerlo? Desde esta postura, las personas podrían tomar la decisión, en libertad, de hacer con su vida, su cuerpo y sus recursos económicos lo que deseen. Esta sería una visión transhumanista. Sin embargo, desde un punto de vista humanista, también está la decisión de aceptar al ser humano con sus limitaciones, diferencias y vulnerabilidades, ya que ello enriquece a la humanidad mediante la diversidad de cuerpos, almas y mentes. Además, la imperfección y las limitaciones pueden convertirse en motivaciones para la empatía y la comprensión del ser humano. Hoy en día se empieza a hablar de “bebés a la carta”, es decir, niños que podrían ser alterados genéticamente desde la vida embrionaria, por ejemplo, para cambiar el color de sus ojos.
El paradigma ha cambiado. Hemos pasado de una idea de mundo lineal, conectado como las piezas de un reloj mecánico, a un mundo interconectado, compuesto por múltiples redes. Esta perspectiva nos muestra un mundo con diversas dimensiones de conexión entre todos los elementos de la vida. Este cambio de punto de vista sobre el mundo y la existencia hace que adoptemos una mirada más holística y sistémica, en la que aquello que afecta a un elemento del sistema puede afectar también a los demás, de una u otra manera. Esto trae nuevas oportunidades, pero también nuevos riesgos que amenazan la estabilidad del sistema si no son bien gestionados. Creo que esta mirada completa e integral trae muchos beneficios para el mundo y para la ciencia, porque hace más compleja, profunda y completa la visión científica y humanista de la realidad.
La ciencia debe estar al servicio de la humanidad. No debe convertirse únicamente en una carrera o competencia entre investigadores e instituciones por alcanzar el mayor número de investigaciones o mejores posiciones en los rankings internacionales. La ciencia debe fraguarse con las comunidades y estar al servicio de la sociedad y de las problemáticas de los ciudadanos. La ciencia debe ser humanista; es decir, debe tener como pilar fundamental el beneficio de las personas. Los datos, conclusiones y resultados de las investigaciones deben repercutir en el bien común, aportando a la disminución de las enfermedades y al mejoramiento de la salud, a la reducción de la pobreza y al aumento de las oportunidades de bienestar social, a la disminución del hambre y a la mejora de la nutrición. En fin, la ciencia debe ayudar a resolver, de manera efectiva y ética, los problemas de la sociedad.
Pensar que somos solo seres biológicos o únicamente seres producto de la cultura es, en ambos casos, una visión simplista, superficial y reduccionista ante la complejidad de la realidad humana. La existencia humana debe ser abordada de una manera más holística y desde la complejidad. Pero, realmente, ¿qué nos hace humanos? Yo creo que lo que nos hace verdaderamente humanos es la sensibilidad, la humildad, el amor, la honestidad y los valores. ¿Qué inteligencia artificial o tecnología puede emular completamente esta esencia humana intrínseca? También creo que lo que nos hace humanos es la capacidad de cooperación, el apoyo mutuo y las expresiones artísticas y culturales.
El profesional del siglo XXI no debe ser un simple acumulador o coleccionista de diplomas y títulos universitarios. Debe ser una persona con amplios conocimientos técnicos, pero también con ética, capaz de poner su conocimiento al servicio de la humanidad, la comunidad y la ciudadanía. Es alguien que va más allá de obtener un ingreso por su trabajo; es una persona con un gran compromiso con el cambio y la mejora continua, mediante la solución de las problemáticas que existen en el planeta, tales como el hambre, el cambio climático, la pobreza, las enfermedades y la mortalidad infantil por causas prevenibles, entre muchas otras.
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